Las lenguas de la Biblia
Antes de llegar a nosotros la palabra de Dios, ya sea en copia o traducción tal cual está
contenida en la Biblia, debemos notar que pasa por cuatro estados sucesivos:
1. Existió en la mente de Dios desde toda la eternidad.
2. De la mente de Dios pasó a la mente de los hombres por Su voluntad e iniciativa.
3. Desde aquellas mentes que las recibieron de Dios pasó al lenguaje humano.
4. Tomó forma concreta mediante palabras representadas a su vez por signos gráficos
convencionales.
Esta fue la primera traducción, la que fue vigilada y dirigida por Dios, de manera que
vino a ser Su Palabra.
Desde entonces los hombres la han copiado, traducido y reproducido a través de los
siglos, así fue pasando de país en país y de un idioma a otro.
Claro que entonces nos surge la pregunta: ¿Cuáles fueron las lenguas originales?
Bossuet en su discurso sobre Historia Universal nos dice según el diccionario teológico
de Bergier, que “los libros que los egipcios y los otros pueblos llaman divinos se han
perdido hace largo tiempo y apenas nos resta alguna confusa memoria de ellos en las
antiguas historias.” Pero que en cambio, “los judíos han sido los únicos cuyas Sagradas
Escrituras han estado en tanta más veneración cuanto que han sido más conocidas, y
ellos solos son los que, entre todos los pueblos antiguos, han conservado los
monumentos primitivos de su religión a pesar de estar llenos de testimonios de su
infidelidad y de la de sus antepasados; y aún hoy día este mismo pueblo subsiste sobre
la tierra para llevar a todas las naciones, a donde se ha dispersado, juntamente con la
religión, los milagros y las predicciones que la hacen inalterables.”
Así vemos que la sola explicación de la conservación de los manuscritos y fuentes de
las Escrituras, en comparación con otros pueblos, tiene explicación sólo si atendemos la
intervención amorosa de Dios para atesorar ese mensaje para las generaciones
posteriores.
El mismo apóstol Pablo nos recalca que es a los propios judíos a quienes cabe el honor
de que la Palabra divina les haya sido confiada; él nos dice en su carta a los Romanos:
“¿Qué más tiene el judío?…lo primero ciertamente, que la Palabra de Dios les ha sido
confiada…” Y por lo tanto es en este pueblo donde hemos de encontrar el texto de las
Escrituras a lo largo de su historia.
La escritura del Antiguo Testamento empieza con Moisés
Con la afirmación anterior nos referimos a los libros que conforman el Pentateuco.
Según vemos con claridad en pasajes como el que sigue. “y Jehová dijo a Moisés:
escribe esto para memoria en un libro…” “…Y Moisés escribió todas las palabras de
Jehová…” “…Y tomó el libro de la alianza y leyó a oídos del pueblo.” (Éxodo 17 y 24).
Sin embargo sería fuera de lugar afirmar que Moisés escribió todo el Pentateuco, como
es falta de ciencia afirmar que nunca escribió, ya que en la Biblia podemos ver distintas
fuentes y compiladores.
Kenyon nos recuerda: “el libro de las batallas de Jehová en Números 21:14.
Evidentemente con el tiempo el Pentateuco fue llamado “el libro de Moisés” o “los
libros de Moisés” aunque Moisés hiciera uso de materiales anteriores; por ejemplo “el
libro de las generaciones de Adán” (Génesis 5:1).
Es obvio que no pudo escribir pasajes como el de su propia muerte, en Deuteronomio
34. Algunos sabios dicen con exageración “que escribió su propia muerte con
anticipación.”
Por otro lado tampoco Podemos aceptar algunas argumentaciones contrarias que
pretenden demostrar que Moisés no escribió ni jota de esos libros.
Más veraz parece ser el testimonio que nos expresa II Crónicas 34:14; allí se ve “la
mano de Moisés.”
Los primeros años de la vida de Moisés los encontramos en el libro del Éxodo, tras la
muerte de José, después del cambio histórico del gobierno de los hyksos al gobierno de
la dinastía XVIII y de acuerdo con lo que leemos en los Hechos de los Apóstoles, que
concuerda con los relatos del historiador Josefo, “Moisés fue ensenado en toda la
sabiduría de los egipcios y era poderoso en sus dichos y hechos.”
Ahora algo muy notable, que la ciencia nos dice, y Sir Charles Marton lo hace resaltar
en su libro “La Biblia se Hace Viva” que muchos de los de sentimientos y parte del
lenguaje de los profetas del Antiguo Testamento y de los Salmos estaban ya escritos en
Egipto cuando Moisés era joven. Es importante notar que muchas de las leyes y
mandamientos que recibió Moisés ya existían en los conceptos morales de los egipcios
encontrados en las inscripciones en las galerías, pasillos, cámaras de los monumentos y
pirámides, al punto que la mitad de los diez mandamientos constituían ya casi una ley
en aquellos tiempos.
Se dice que es a la muerte de su protector Hatshepsut cuando Moisés tiene que huir de
Egipto de Thotmes III a la tierra de Madián (Éxodo 2:15) y allí pasa 40 años (Éxodo 7 y
Hechos 7) donde recibe la revelación. El nombre de quien le mandaba, desde la zarza
librar a los israelitas de Egipto, era YHWH o Yahveh, “EL SER” que aparece repetidas
veces en las cartas de Lakish, si bien una forma anterior, según las tablillas de Ras
Shamra, es YH o Jah. Cuando Moisés vuelve a Egipto y se encuentra con el sucesor de
Thotmes, Amenthotep II, si la cronología de Marston es aceptable, pide que deje ir a los
israelitas “camino de tres días por el desierto” para sacrificar a Jehová.
Allí en el monte Sinaí Moisés recibe la orden de escribir y la eterna cuestión de la
inspiración del texto queda pendiente de las palabras “Habló Dios todas estas palabras
diciendo” y en Deuteronomio 4: 8 se pregunta. “¿Qué nación hay que tenga estatutos y
derechos justos, como es toda esta ley?”
Posteriormente otros escritos fueron también ‘inspirados’ de tiempo en tiempo. En
Josué 24:25 y 26 leemos: “Josué hizo pacto con el pueblo el mismo día, y les dio
estatutos y leyes en Siquem. Y escribió Josué estas palabras en el libro de la ley de
Dios.”
Notemos en esta frase la idea definida ‘del libro’. Las palabras “bassefer hazzeh” según
Green, “en el libro este” se refiere al libro muy bien conocido, al libro de mucha
eminencia, es decir, el de Dios.
En el Antiguo Testamento no se mencionan a los escritores en orden cronológico, sino
más bien por casualidad, como por ejemplo “el libro de Jasher”;”el libro de los hechos
de Salomón”; “el libro de las Crónicas de los reyes de Israel” o de Judá etc.
En 1 Samuel 10:25: “Samuel recitó luego al pueblo el derecho del reino y le escribió en
el libro, el cual guardó delante de Jehová”. Aquí se presenta otra vez el artículo
enfático en el original “bassefer” en el libro.
Así vemos que mucho de los salmos de David fueron encomendados al cuidado de los
jefes de los músicos y comparando Jeremías 25:11,16 con Daniel 9:2 se ve que también
Jeremías fue considerado como escritor canónico, estando sus escritos en “el libro” que
poseía sin duda Daniel.
Hebreo y arameo
El término semítico se aplica a un grupo de idiomas cuyos caracteres comunes se
advierten sin gran dificultad, y algo similar ocurre actualmente con las lenguas que se
derivan del latín, o sea, la portuguesa, la española, la francesa, la italiana, y la rumana.
Por ejemplo, la voz padre es Ab en hebreo, Ab en arameo, y Abu en acádico.
Sin embargo, estas interesantes semejanzas en el vocabulario no simplifican por ello el
estudio de cada una de estas lenguas: por tanto, sus estructuras gramaticales (anexos,
sufijos, tiempo de los verbos, etc.) son un acicate y una dificultad para el estudio de
ellas.
El origen de la denominación de ‘lengua semítica’ que empezó a usarse por el año 1780,
se basa en la declaración del Génesis 10:1 “estas son las generaciones de los hijos de
Noé, Sem, Cam y Jafet que engendraron hijos después del diluvio.”
Es comprensible que, salvo los especialistas, nadie lea la Biblia en sus textos originales,
y en cuanto al NT, si bien hay muchos bachilleres y estudiantes de Filosofía y Letras
que dedicaron años al estudio de Demóstenes, o Platón, o Sófocles, ignoran que el
evangelio se escribió en griego y tienen que recurrir a una traducción si quieren leerlo.
Se dice que el hebreo puede compartir con la lengua china el triste privilegio de ser un
mundo cerrado e inaccesible y que hay que renunciar definitivamente a estudiar lo
escrito en tal idioma. Sin embargo, eruditos como Paúl Auvray aseguran que ese
prejuicio es lo que justifica el que haya tan pocos hebraístas.
Durante mucho tiempo el antiguo hebreo se conoció únicamente a través de los escritos
bíblicos, pero a partir de finales del siglo pasado, con la abundancia de descubrimientos
arqueológicos, aparecieron una serie de documentos extra bíblicos que permiten
aumentar en cierto modo el conocimiento de la lengua hebrea; por otro lado, el uso del
hebreo se continuó dentro del judaísmo mucho tiempo después de la constitución de la
Biblia y existe una numerosa literatura en lengua hebrea.
En cuanto al arameo antiguo no se encuentran demasiados documentos, ya que, a decir
de los especialistas, no hay nada anterior a los siglos X y XI. No debe sorprender que
así sea, porque los arameos nómadas no poseían indudablemente la escritura y se
servían de tradiciones orales.
Es de lamentar que los reinos arameos de los siglos X y XI no dejasen a la posteridad
obra literaria alguna.
A. Dupont-Sommer, director de Altos Estudios y además encargado de curso, en la
Sorbonna, París, dice en su libro “Los Arameos”, refiriéndose a la lengua, lo que sigue:
“El arameo es una lengua semítica, igual que la asiro-babilónica, el fenicio, el hebreo y
el árabe, asemejándose más al fenicio y al hebreo. Nuestro conocimiento de esta lengua
hasta el reinado de Sargón se reduce a un número muy pequeño de inscripciones
descubiertas todas ellas recientemente.”
Y describe una serie de ellas dando datos científicos que no precisamos mencionar aquí.
Según dicho autor, los arameos cuando se instalaron en Mesopotamia y en Siria durante
los siglos IX y X A.C, no poseían lengua escrita, ni lengua literaria alguna; eran todavía
beduinos incultos, y los príncipes de aquellos nuevos reinos arameos se vieron
inclinados a adoptar como lengua escrita la misma lengua de los países que habían
conquistado, igual que adoptaron más o menos por completo aquella civilización. Por
eso en Guzana, Mesopotamia, las inscripciones del rey arameo Kapara, que parecen ser
del fin del segundo milenio, van escritas en caracteres cuneiformes y en lengua asiría.
Se ha dicho algunas veces que el arameo es un hebreo corrompido, especie de jerga
degenerada, que los judíos trajeron al regresar de su destierro en Babilonia; pero los
eruditos dicen que no podemos sostener tal afirmación desde el punto de vista histórico,
y menos aún desde el punto de vista lingüístico porque el arameo se extendió
paulatinamente a través de todo el Próximo Oriente, y esa invasión pacífica, que
empezó desde la época de los reinos arameos, coincidió en lo que se refiere al reino de
Judá, más o menos con la dominación de los persas.
No es, pues el arameo un hebreo en decadencia, sino una lengua tan original como la
hebrea misma y más antigua en algunos puntos, según el profesor Auvray. Parece ser
que usando una analogía de nuestros tiempos, podríamos decir que el hebreo y el
arameo tienen las mismas relaciones que el español y el portugués o que el italiano y el
francés.
Desde luego, la mayor parte del Antiguo Testamento está escrito en hebreo, “lengua
judaica” (lsaías 36:11 y Nehemías 13:24) siendo esta descripción la más cercana a la
realidad, puesto que el hebreo surgió, según H. Thomas, de una fusión del dialecto
arameo-árabe, hablado por los hebreos que invadieron Canaán en el siglo XV AC,
según apuntamos antes. En el Nuevo Testamento se llama a la lengua “hebreo” o
“hebraico” (Apocalipsis 9:11; 16:16; Juan 5:2; 19:13,17).
Lo más importante del hebreo es que poseía un alfabeto y no otro tipo de grafología, lo
cual facilita enormemente la transmisión y estudio del texto, y es notable que el libro de
Dios fuese escrito en esta lengua y no en la de civilizaciones más avanzadas, como la
china o la siria, que no habían inventado un alfabeto y sus caracteres eran más bien
ideogramas.
Por eso un erudito, señalando la intervención divina en escoger este lenguaje, dice que
se habrían aumentado enormemente las dificultades de los estudiantes de la Biblia si los
hebreos, al llegar al desierto, hubiesen adoptado la escritura cuneiforme de Canaán,
cuando asimilaron aquella civilización.
Historia de la lengua hebrea
En realidad hay dos períodos que deben notarse en la historia de la lengua hebrea y se
distinguen por divisiones obvias:
– 1. Desde Moisés hasta la cautividad de Babilonia y desde entonces
– 2. Hasta la conclusión del Canon.
En el primer período la lengua viene a ser, casi la misma, con excepción del estilo
individual del escritor. Algunas palabras llegaron a ser anticuadas de una época a otra
como se desprende del versículo: “Antiguamente en Israel cualquiera que iba a
consultar a Dios decía así: Venid y vamos hasta el vidente, porque el que ahora se
llama profeta antiguamente era llamado vidente” (1 Samuel 9: 9) – esto lo aprecian
mejor en su original hebreo los entendidos pero, según el Dr. Ginsburg, estos cambios,
que se habían introducido gradualmente, comenzaron de una manera más técnica en los
días de Esdras por ciertos hombres conocidos por Soferim, o escribas, como los que
hemos citado con anterioridad. En este tiempo que sigue a la cautividad el Antiguo
Testamento fue dividido en párrafos y versículos.
En los escritos de los profetas más recientes, como Jeremías, Sofonías etc. hay una
decadencia manifiesta por la introducción de términos extranjeros especialmente
arameos.
Ester, Daniel, Ezequiel, Jeremías y Esdras presentan un contraste notable respecto a la
pureza, encontrándose más anomalías en Ezequiel que en otros escritores Los profetas
siguientes al destierro, Hageo, Zacarías y Malaquías, escribieron en estilo menos
corrompido y se nota un avance hacia la pureza, aunque no se hablaba así en sus
tiempos.
La lengua hebrea se escribía y se escribe de derecha a izquierda y solamente se
escribían las consonantes, registrando lo que podríamos llamar una fuga de vocales lo
cual condensaba y condensa la escritura, haciéndola difícil de leer, especialmente con el
paso del tiempo y los cambios de la lengua. Justamente esta práctica es causa de
variedades en el texto, como apunta Sir F. Kenyon, porque es fácil de comprender que
puede dar lugar a errores. Por ejemplo si pudiésemos trasladar el sistema al español y
nos encontrásemos con la palabra siguiente: M. R. podríamos pensar que decía moro,
mora, mero, muro, mira, maría etc.
Pero hablamos antes de los escribas, y en esta dificultad vienen en nuestra ayuda, como
igualmente acuden a serenarnos cuando nos sorprendemos al saber que los manuscritos
hebreos más antiguos que poseemos son de la era cristiana, y nada menos que del siglo
X.
Ya que nuestro pensamiento vuela a los lejanos errores, mutilaciones y corrupciones.
Este cuerpo de escribas, talmudistas y masoretas inventaron la puntuación vocálica para
las palabras, basándose en la tradición de la pronunciación que se registraba en el
Talmud. La escuela de doctores judíos que afrontaron semejante trabajo se hallaba en
Tiberias; pero no fue este trabajo de una sola generación ni de un solo lugar y una
comparación entre el texto del Antiguo y el Nuevo Testamento puede darnos idea de la
dificultad y de la importancia, a un tiempo, de dicha puntuación.
En Génesis 47:31 leemos: “Israel se inclinó sobre la cabecera de la cama” y en
Hebreos 11:21 “adoro estribando sobre la punta de su bordón”. La palabra hebrea M.
T. podía ser mita (cama), mate (bordón) y así se tradujo a la Septuaginta, griego, antes
de la puntuación masorética, y de allí citó el escritor de la epístola mencionada.
Después del regreso de Babilonia declinó el uso del hebreo como lengua hablada,
quedando como lengua sagrada, y ocupando su lugar en el pueblo el arameo; pero
algunos eruditos como el profesor M.H. Segal, dicen que hasta el tiempo de Cristo el
hebreo fue lengua hablada de Judea, si bien conceden, con respecto al lenguaje de Jesús,
que el arameo era la lengua vernácula de Galilea en el periodo romano.
El profesor T.W. Manson ha sugerido que, en sus discusiones con los fariseos, Jesús
pudo emplear el hebreo como ellos. El hebreo rabínico (desarrollo posterior del hebreo
bíblico) fue el lenguaje de la Mishna codificación de la tradición oral puesta por escrito
por el año 200 después de Cristo.
Mencionemos que estas diferencias de lenguaje las señala la misma Biblia como por
ejemplo el caso de la alianza en Mizpa, donde Jacob pone al majano un nombre en la
“lengua de Canaán” y Labán otro en arameo (Génesis 31:46, 47), y en el caso de
Jueces 12 donde los de Ephra no podían pronunciar la palabra “shiboleth”. En tiempos
del Nuevo Testamento vemos que a Pedro “se le conoció” que era galileo, pues según
Bruce, tenían fama de pronunciar de modo gutural.
Winton Thomas dice que en Ester, Eclesiastés y muchos Salmos se descubre una
poderosa influencia aramea, y que por el segundo siglo AC el hebreo, como lengua
hablada, fue muerto. El libro de Daniel (165 AC) dedicado a la lectura popular, muestra
la verdadera extensión de la influencia aramea por entonces.
En uno de los escritos rabínicos se lee: “No sea el arameo ligeramente estimado por
todos viendo que el Santo (bendito sea El) ha dado honor a esta lengua en la Ley, los
Profetas y los Escritos.” Lo que indica que la lengua aramea se encuentra en porciones
en las tres divisiones principales del Antiguo Testamento. Se encuentra una mención en
arameo en la Ley (Génesis 31:47) un versículo en los profetas (Jeremías 10:11) y dos
considerables secciones en los Escritos (Daniel 2:4 a 7:28 y Esdras 4:8 a 6:18 y 7:12
26).
Al arameo se le llamó antiguamente caldeo, porque en Daniel 2:4 algunas traducciones,
como la autorizada inglesa, dieron pie a llamar caldeo al arameo, por una inferencia
errónea.
En este libro de Daniel han quedado sin traducir algunas palabras arameas, como
“mene”, “tekel” y “upharsin”.
Los judíos dicen: “Moisés nos ha dado la ley pero Esdras la ha restaurado” y por ello se
dice que fue Esdras quien, tras la cautividad, reunió todos los libros sagrados y formó lo
que se llama el canon del Antiguo Testamento – opinión que otros no comparten; cierto
es que a la vuelta del cautiverio, tanto Esdras como Nehemías, tuvieron que enfrentarse
con una dificultad lingüística.
Mucho pueblo no entendía el hebreo especialmente los hijos de los matrimonio mixtos,
y cuando se hizo la gran concentración en Jerusalén para oír a Esdras y a sus ayudantes
leer “El libro de la ley de Moisés”, la lectura tuvo que interpretarse al arameo siendo
notable aquí que la voz “meforash” que se traduce por “con interpretación” (aunque en
español aparece como “claramente”) es la misma aramea “mefarash” que se empleaba
precisamente como término técnico en el servicio diplomático del imperio persa.
Conociendo las dos lenguas, aquellos hombres pudieron traducir al pueblo lo escrito en
el Libro Sagrado y las gentes “se entristecieron y lloraron.”
Esta interpretación es sencillamente lo que se llama Targum o paráfrasis oral del texto
hebreo de las Escrituras, y es la prueba más temprana y directa que se posee del texto
corriente entre los judíos.
Distintos hombres, sin perder su personalidad y su idiosincrasia de escritor, en distintas
épocas, fueron escribiendo la Biblia, y ese Libro, ese texto, fue considerado como
sagrado.
Leemos, pues que el rey Josafat mandó una comisión de príncipes y levitas y doctores
de la ley que “enseñaran en Judá, teniendo consigo el libro de la ley de Jehová
rodearon por todas ciudades de Judá enseñando al pueblo” (II Crónicas 17:7). En
consecuencia fue que “cayó pavor de Jehová sobre todas las tierras” y más tarde
cuando Joas es coronado, el sumo sacerdote Joiada le unge, le pone la corona y le
entrega “el testimonio” (II Crónicas 23) de conformidad con lo mandado en 17:18: “Y
será, cuando se asentare sobre el trono de su reino , que ha de escribir para sí, en un
libro el traslado de esta ley, del original de delante de los sacerdotes levitas” viéndose
obligado el rey a tenerlo consigo y a leerlo todos los días de su vida, “a fin de se
prolonguen sus días en su reino”.
Aunque el conocimiento de la lengua hebrea se hallaba en un nivel bajo durante la edad
media en la Iglesia, pudo, no obstante, imprimirse un Antiguo Testamento hebreo,
después de la invención de la imprenta en 1448.
Johannes Reuchlin (1455-1522) a quien Philip Schaff llamó “padre del aprendizaje del
hebreo en la Iglesia Cristiana” estudió griego en la Universidad de París y aprendió los
rudimentos del hebreo del mismo John Wessel, que había trabajado allí durante 16 años
antes que él. Reuchlin pagó diez monedas de oro a un rabino para que le explicase una
simple frase hebrea que no podía descifrar.
Basándose en las obras de David Kimchi que procedía de una familia distinguida de
eruditos judíos, el tal Reuchlin preparó su Gramática Hebrea y Diccionario Hebreo, que
fueron de tanta utilidad para los maestros cristianos.
La importancia del griego y la versión de la Septuaginta
Con respecto a los libros del Nuevo Testamento, estos fueron escritos en griego en el
primer siglo después de la muerte y resurrección de Cristo. Los documentos originales
fueron escritos con toda probabilidad sobre papiro con tinta (estos dos materiales de
escritura se mencionan explícitamente en la segunda carta del Apóstol San Juan,
versículo 12: “Tengo muchas cosas que escribiros, pero no he querido hacerlo por
medio de papel y tinta, pues espero ir a vosotros y hablar cara a cara para que nuestro
gozo sea cumplido”.
Los escritos más cortos (como la epístola a Filemón, la segunda y tercera epístolas de
Juan y la de Judas) requerirían una hoja de papiro de un tamaño conveniente, pero los
otros libros más largos serían escritos en rollos de papiro. El más largo de todos, que
constituye las dos partes de la historia de Lucas, y además los evangelios de Mateo y de
Juan, representan tanto material escrito que seguramente se emplearía un rollo de papiro
de una longitud normal. Las cartas y el libro del Apocalipsis, cuando se escribieron se
enviaron a individuos o a iglesias a quienes iban dedicadas, en tanto que los dos
volúmenes de Lucas iban dirigidos a un tal Teófilo. Por lo que respecta a los evangelios,
con toda probabilidad se depositaron en las iglesias de Roma, Antioquía y Éfeso.
La internacionalización del griego hizo que el Antiguo Testamento fuese traducido del
hebreo al griego, según entendemos por el famoso documento conocido por “Carta de
Aristeas” y que pertenece al año 100 AC aunque dice haber sido escrito un siglo y
medio antes de dicha fecha. Aristeas era un oficial de la corte del rey Ptolomeo
Filadelfo de Egipto (285-346 AC) y se dirige a su hermano Filócrates, para comunicarle
la traducción para la biblioteca del gran rey, de las Escrituras de los judíos a la lengua
griega.
La historia de esta traducción ha sido expresada de varias maneras; pero el nombre de
Septuaginta o Versión de los Setenta ha permanecido hasta nuestros días y constituye un
documento de máxima importancia para los estudios bíblicos. El valor de esta
Septuaginta, en el plano de los estudios eruditos de crítica del texto, es muy notable, por
cuanto nos representa un texto hebreo del que ha partido, que no poseemos, y que
lógicamente es anterior a los códices que poseemos de la Era Cristiana.
Las secciones del Antiguo Testamento de los grandes códices de los siglos IV y V
(Vaticano, Sinaiticus y Alejandrino) están en griego. Jesús y los apóstoles emplearon el
Antiguo Testamento en griego, y los judíos de la dispersión en las provincias de Asia,
Galacia, Acaya, Macedonia y Roma también la emplearon. Exceptuando, posiblemente,
una colección de dichos y narraciones del evangelio según San Mateo, todos los libros
del Nuevo Testamento parecen haber sido escritos originalmente en griego.
El griego aparece primeramente en la historia como lengua hablada mediante tres olas
sucesivas de inmigrantes que entraron en la península balcánica desde el Norte. Estas
olas pertenecen a períodos diferentes en el curso del milenio dos mil a mil antes de
Cristo. Y se conocen, respectivamente, como la Jónica, Aquea y Doria.
Hasta el año 300 AC los distintos dialectos griegos pueden clasificarse en tres grupos,
que corresponden a estas tres emigraciones; como los Jónicos fueron el primer grupo de
griegos que bajaron al sur de Grecia, se vieron presionados por sus sucesores que venían
detrás y la mayoría de ellos fueron arrojados de Grecia, propiamente dicha; para
encontrar hogar en el mar Egeo, y allí se pusieron en contacto con los pueblos de Asia.
Antes de ser conocidos por el término de “jónicos” el nombre que se les dio fue el de
“griegos” y en hebreo, los griegos fueron llamados los Bene Yavan, Hijos de Yavan o
Javan, nombre que es idéntico a Jión, antecesor de los jónicos.
Un importante grupo de jónicos se refugiaron al otro lado del mar; éstos fueron los
habitantes del Ática distrito de Atenas. Más adelante; no solamente los jónicos, sino los
otros griegos fundaron colonias en Asia Menor, en Libia, Chipre, Creta, Sicilia, el Sur
de Italia, Marsella y alrededor de las costas del mar Negro, incluyendo la península de
Crimea.
El mundo griego estaba dividido en un gran número de pequeños estados; pero
dondequiera que la lengua griega era hablada, allí estaba Grecia. El griego, pues, se
habló en todo el mundo Egeo durante 3.500 años y se jacta de tener una literatura que se
extiende hasta más de 1000 años antes del nacimiento de Jesucristo.
Los monumentos más antiguos de la literatura griega, las épicas homéricas; la Ilíada y
otros se alzan como obras clásicas de primer rango mundial y por la expresión delicada
y la clásica flexibilidad griega, este idioma se considera como uno de los más
importantes de toda la humanidad.
Es importante señalar que, debido a las condiciones y circunstancias que siguieron a la
conquista macedónica, las diferencias antiguas entre los dialectos griegos dieron lugar
en los últimos tres siglos al nacimiento de lo que se llamó griego “helenístico”; llamado
frecuentemente “lengua común” del griego o “koiné dialectos” porque fue la forma de
griego que se extendió más ampliamente por el mundo. Este koiné o lenguaje común
incorporó rasgos distintivos y característicos de los dialectos más antiguos, pero
principalmente del ático, que era el dialecto de Atenas y del territorio vecino.
Este griego helenístico se convirtió en la lengua oficial de los imperios que sucedieron
al dominio y conquista de Alejandro después de su muerte (323 AC).
Cuando Palestina fue incorporada al Imperio Romano en el año 63 AC como parte de la
provincia de Siria, el griego continuó siendo lenguaje común de aquellas regiones y de
todo el Imperio Romano oriental en genera. El Imperio Romano, por otra parte, era
bilingüe; en el ejército, el latín era la lengua oficial de todo el Imperio; pero por lo
demás, el griego continuó siendo lengua oficial de todas las lenguas del mediterráneo
oriental. En la ciudad de Roma misma el griego se hablaba tanto como el latín, lo
mismo en las clases altas como en las bajas; para las clases altas el griego era la lengua
de la cultura y de la educación, y un hombre como Cicerón escribía en griego con la
misma facilidad que en latín; pero para las clases bajas, los esclavos y los obreros
hablaban generalmente, el griego desde su nacimiento Los primeros cristianos romanos
hablaban el griego de una forma natural, y cuando Pablo escribió su carta a la Iglesia de
Roma, escribió en griego, aunque, sin duda, pudo haberles escrito en latín de haber sido
necesario.
No se puede evitar, en el Nuevo Testamento, la influencia de la ‘traducción griega’ de la
Septuaginta y la influencia de la lengua arameica vernácula de los judíos palestinenses;
incluso Pablo, aunque no era judío palestino, sino educado en Tarso, pertenecía a una
familia que hablaba arameo, no griego, en su hogar, y quizá sea esto lo que expresa él,
cuando dice en su carta a los de Filipos, capítulo 3:5 afirmando que era “un hebreo de
hebreos’, hijo que hablaba arameo, de padres que hablaban arameo.
Fue en esta lengua original en que al parecer, la voz celestial se dirigió a Pablo en el
relato de los Hechos, donde nos cuenta su conversión con la frase “lengua hebrea”.
La persona acostumbrada a leer buen griego encuentra extraño el griego de la
Septuaginta, pero a un lector acostumbrado al idioma hebreo, la Septuaginta griega es
perfectamente inteligible.
Las palabras son griegas, pero la construcción es hebrea; esta fue la versión en que
tantísimos cristianos primitivos conocieron el Antiguo Testamento y para aquellos
hombres que se convirtieron en “los hombres de un solo libro” la influencia del estilo, el
giro hebreo del griego del Nuevo Testamento y la influencia toda de la Septuaginta fue
notabilísima. Esto es aplicable incluso a un escritor como San Lucas, que dominaba un
estilo griego bueno e idiomático, ensalzado por todos los estudiantes del texto original.
En vocabulario y estilo, pero mucho más en su contenido de pensamiento, es casi una
lengua totalmente nueva. Varias influencias produjeron este efecto; algunas de ellas
fueron graduales y algunas muy repentinas.
Estos libros, escritos en las lenguas indicadas, constituyen la Biblia que hoy tenemos,
después de haber sido aprobado su canon en dos ocasiones. Los libros aceptados en el
canon hebreo del Antiguo Testamento son los libros aprobados por el sínodo de Jamnia
en Palestina entre los años 90 y 100 de nuestra era; dicho canon no incluye los libros
que generalmente se llaman apócrifos, que sí estaban incluidos en la Septuaginta o
versión griega del siglo III antes de Cristo.
El canon del Nuevo Testamento comprende los libros incluidos en la Biblia Vulgata de
San Jerónimo (405 AC) correspondientes al canon aprobado el Concilio de Cartago en
el año 397 DC y el Concilio de Laodicea en 366 DC. Este canon sobrevivió por encima
de unos cuarenta libros que circulaban y que no fueron aceptados ni considerados
legítimos por las Iglesias.
En nuestro siglo XX el esfuerzo de tantos eruditos está llevándose a un texto mejor. La
investigación moderna continúa añadiendo testimonios a la unidad esencial del mensaje
de la Biblia transmitido tan perfectamente; pero en medio de hechos que indican la
posibilidad de algunos cambios del texto que puedan haber ocurrido antes del tiempo de
Constantino cuando el cristianismo fue aceptado por el Imperio.
El mismo Orígenes de Alejandría (182-251AD) escribía:
“Está claro que hay una gran diferencia en las copias
por la pereza de les escribas, por audacia de algunos que se han atrevido a introducir
alguna corrupción como corrección, incluso de otros que han quitado alguna palabra por
alguna razón personal.”
Todo este trabajo es el que tienen delante los estudiosos
eruditos del texto, para, en su labor de crítica, darnos las palabras más exactas posibles
en las versiones y traducciones de la Biblia que se renuevan de época en época.
LaBiblia, faro de la humanidad para todas las épocas, hizo escribir a D.F. Sarmiento:
“Como si Dios hubiese querido mostrar a los hombres la importancia de
la palabra escrita el libro más antiguo del mundo, el primer libro que
escribieron los hombres, el libro por excelencia, la Biblia, ha llegado a
nuestras manos a través de cerca de cuatro mil años. Cuando el
renacimiento de las ciencias después de siglos de barbarie ensanchó la
esfera de acción de la inteligencia sobre el globo, la publicación de la
Biblia fue el primer ensayo de la imprenta; la lectura de la Biblia echó
los cimientos de la educación popular, que ha cambiado la faz de las
naciones que la poseen.”
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